Historia de Alex

No me gustan los grupos de wechat.

Me gustan aún menos los circulitos rojos que me anuncian las notificaciones nuevas dentro de ellos.

No me gustan los circulitos rojos que me anuncian ningún tipo de notificación, en general.

Cuando amanezco, despierto por el sonido de la alarma en el despertador del teléfono, quizás de ahí parta el origen del problema.

Quizás debería tener un despertador ajeno al teléfono móvil, pues cuando éste suena, al desplazamiento de mi mano hacia él, le sigue un movimiento deslizante en la pantalla, y a su vez, un movimiento punteante al wechat.

La imagen del mundo al fondo, con una persona mirándolo desde tal vez otro planeta, me da la bienvenida a esta app. El momento se hace esperar, como si me recorriera un ansia incontenible por conocer la cantidad de mensajes que encontraré dentro.

Al abrirse wechat, mi pesadilla comienza, una fantasía de puntos rojos bailando como en una obra de Yayoi Kusama. Creo que si cierro los ojos fuertemente y miro a la pared instantes después, puedo seguir viendo los puntos rojos, ahora bailando.

Dudo en abrir los grupos y cerrarlos a la velocidad del rayo, o en abrir los momentos y deslizar la pantalla hacia abajo a la velocidad del relámpago. Los momentos suelen ganar la batalla.

Una vez en el tablón  de momentos, primero me fijo en la foto; si me interesa, leo el texto; si me interesa la persona que lo ha publicado, hasta leo los comentarios. Hoy en día, lo lógico sería prestar más atención a una imagen que a un texto desprovisto de ella, pero la extraña frecuencia con que esto sucede, hace que me fije más en esos pequeños y escuetos textos. Si además, ese texto se reduce a un emoji, esa persona me alegra el día. Si lo publicado es un vídeo, me pienso mucho el abrirlo, y si se trata de una canción, el doble.

He gastado ya 15 minutos desde que me levanté, sigo en la cama tirado y este iring pegado a la parte trasera del móvil ha interrumpido su deseo de que éste se me caiga en la cara varias veces durante el proceso.

Ahora le toca el turno a los grupos, esos de los que quieres formar parte y de los que no. Primero quiero quitarme lo más 麻烦 de encima, esos grupos en los que no sé muy bien por qué estoy, esos en los que hay muchos tipos de personas. Patrones de comportamiento que saltan de un grupo a otro, sin importar la temática o idioma implantado dentro. En realidad si sé por qué estoy dentro de ellos, quizás sea por el salseo que ofrecen, por mi deseo de explorar la vergüenza ajena, por mi curiosidad en entender a personas que discuten sin conocerse sobre temas tan absurdos como el porcentaje de fruta que lleva una marca de mermelada, por tratar de entender por qué nadie contestaría a un comentario que no admite respuesta alguna, por intentar entender qué hace a un comentario digno de un grupo y a otro comentario un completo loser. Me pregunto si la razón de estos grupos es compartir información libremente, entonces por qué hay tanta exclusión temática dentro de ellos. Me pregunto por qué tanto bombardeo  de mensajes resulta agradable siempre a los mismos que contestan cuando no han sido preguntados, generando mayores bombardeos…

Y dejo de preguntarme, pues mi tiempo preguntándome tales cosas excede al de estas personas invirtiendo el suyo propio en lo que a mi me parece innecesario. Y mi tiempo invertido en escribir esto es la gota que colma el vaso de la estupidez.

Después paso a los grupos en los que sí quiero estar, los que me sacan los primeros jajas de la mañana, los que hacen que finalmente saque una pierna de la cama, y dirjia mis manos no a puntear ni a deslizar, sino a preparar el desayuno.

Todo esto se solucionaría con borrarse de los grupos de los que no quieres ser parte, con omitir los momentos de las personas de las que no te interesa saber qué van a cenar hoy, es más, de borrarte de wechat, de no tener un smartphone, de no tener teléfono, de no… de no…

Y tras esta utopía absurda, vuelvo a poner los pies en la tierra, la tierra que me cuenta que escribo para una cuenta de wechat, el mismo wechat con el pago todos mis gastos, todos. El mismo wechat que me busca trabajo, que me encuentra colaboradores, el mismo wechat que me nutre de información interesante, y el que tengo que barrer de sobreinformación a menudo.

Y en ese mundo me encuentro, en el sí pero no, en el abismo del sí pero no, del no me gusta, pero lo necesito, un tanto hipócrita, pues a quién no le gusta un like en sus momentos, un me gusta en su muro, un corazón en su instagram, un retweet, un suscriptor arriba…

No me gustan los grupos de wechat.

Quiero decir, no me gusta mucha gente a la que no conocería o no tendría que hablarle si no existiera la cercanía social que esta plataforma me ofrece.

Quizás lo cambie por un: me gusta elegir.

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