Igna vs Igno

Igna era un porteño perdido en la India. Igno, un porteño encontrado en un universo paralelo a este mundo, en un Buenos Aires traspapelado del que nadie escuchó cómo entrar ni cómo salir. Igno se perdió en un Hong Kong en el que en junio era invierno, como en la Buenas Aires real, como en los universos paralelos, donde todo funciona al revés, suponemos. Pues aún no he conocido a nadie con billete de ida y vuelta.

Según la gran y fiable wikipedia, un universo paralelo es una hipótesis física en la que entran en juego la existencia de realidades independientes. La mecánica cuántica y la teoría de cuerdas nos hablan de la posibilidad de varios universos paralelos que conforman un multiverso. Igno se encuentra en uno de ellos, el que como hemos dicho, funciona al revés, Igno es el yang de su ying Igna. Cómo pasó Igna a ser Igno es un misterio que sólo entiende de agujeros negros.

Igna era un ser sencillo, en el buen sentido, un hombre tranquilo, relajado, la palabra estrés no cabía en su mandíbula, la cual masticaba excesivamente rápido para el receloso latir de su corazón. Comer, su pasión. Cocinar, derivaba de ella. Trabajar, una necesidad. Ayudar, una motivación. Amar, su misión.

Perdido en la India, dedicaba sus horas, sus manos, y su saber acumulado a una ONG, la cual resultó ser una lavandería de billetes, cosa que Igna no sabía por cierto, pues hablamos de Igna y no de Igno. Plantaba un tomate aquí, una lechuga allá, reciclaba unos lápices hoy, unos papeles mañana, mientras viajaba por el país en búsqueda de nuevas recetas que añadir a su menú. Sabía que algún día, de vuelta en su Buenos Aires natal, abriría un restaurante, ¨una casa de comidas¨, le gustaba llamarle, pues no era de esos que se auto proclamaban chef, era un cocinero, daba de comer a la gente, sencillamente. Y una casa de comidas tenía un cocinero, sin más.

Igno era algo más complejo, o más abducido por este siglo, se dejaba llevar por la codicia, por la platita, por los olores, esos que se desprenden de escenas sexuales de media hora, de una hora, de varias incluso si había cerrado un buen trato. En su bolsillo siempre había papeles con caras y números que hacían de sus fantasías, una realidad. Siempre ajetreado, siempre con una agenda más compacta que los rascacielos de la ciudad en que vivía, Hong Kong. Manosear seres más vivos que su móvil o su teclado, su pasión. Conocer almas nuevas, derivaba de ella. Trabajar, un alivio. Estafar, una necesidad. Huir, una forma de vida.

Huyendo en Hong Kong, dedicaba sus minutos, pues no concebía las horas como forma de medir el tiempo, a cerrar negocios un tanto turbios a la vista de un ser humano con una moral decente. Una subasta aquí, una mujer allá, una esposa de Vietnam quizás, una antigüedad de la que nadie oyó hablar. No tenía un plan de vida, pues suponía que sus pulmones decoloridos, sus pinchazitos de adrenalina, sus pinchazitos de relax, no le alcanzarían a eso que una esperanza de vida de país desarrollado supondría. Quería vivirlo todo, a cualquier precio. Su formación fue escasa en cuanto a educación se refiere, en cambio, tenía el don de gentes, de gentes desmoralizadas, de gentes acomplejadas, que veían en él su vía de escape a un mundo más afín.

Continuará…

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