Amber

No quería escuchar más

el cri cri de la noche

de la tarde

o de la mañana

Así que saqué a Amber al pasillo

junto con su comida, los grillos

 

Al despertar

salí de nuevo a ese pasillo

Amber, mi araña,

ofendida,

me hizo creer que estaba muerta

 

La enterré

 

Días después

comprendí que no

que era el juego de Amber

su castigo a mi error

 

Tarde

 

He enterrado tantas veces

sentimientos no muertos

que Amber es sólo

otra triste historia más

 

Todos los días te entierro

y por la noche resucitas,

sentimiento no esperado,

cri cri

gritas

Igna vs Igno

Igna era un porteño perdido en la India. Igno, un porteño encontrado en un universo paralelo a este mundo, en un Buenos Aires traspapelado del que nadie escuchó cómo entrar ni cómo salir. Igno se perdió en un Hong Kong en el que en junio era invierno, como en la Buenas Aires real, como en los universos paralelos, donde todo funciona al revés, suponemos. Pues aún no he conocido a nadie con billete de ida y vuelta.

Según la gran y fiable wikipedia, un universo paralelo es una hipótesis física en la que entran en juego la existencia de realidades independientes. La mecánica cuántica y la teoría de cuerdas nos hablan de la posibilidad de varios universos paralelos que conforman un multiverso. Igno se encuentra en uno de ellos, el que como hemos dicho, funciona al revés, Igno es el yang de su ying Igna. Cómo pasó Igna a ser Igno es un misterio que sólo entiende de agujeros negros.

Igna era un ser sencillo, en el buen sentido, un hombre tranquilo, relajado, la palabra estrés no cabía en su mandíbula, la cual masticaba excesivamente rápido para el receloso latir de su corazón. Comer, su pasión. Cocinar, derivaba de ella. Trabajar, una necesidad. Ayudar, una motivación. Amar, su misión.

Perdido en la India, dedicaba sus horas, sus manos, y su saber acumulado a una ONG, la cual resultó ser una lavandería de billetes, cosa que Igna no sabía por cierto, pues hablamos de Igna y no de Igno. Plantaba un tomate aquí, una lechuga allá, reciclaba unos lápices hoy, unos papeles mañana, mientras viajaba por el país en búsqueda de nuevas recetas que añadir a su menú. Sabía que algún día, de vuelta en su Buenos Aires natal, abriría un restaurante, ¨una casa de comidas¨, le gustaba llamarle, pues no era de esos que se auto proclamaban chef, era un cocinero, daba de comer a la gente, sencillamente. Y una casa de comidas tenía un cocinero, sin más.

Igno era algo más complejo, o más abducido por este siglo, se dejaba llevar por la codicia, por la platita, por los olores, esos que se desprenden de escenas sexuales de media hora, de una hora, de varias incluso si había cerrado un buen trato. En su bolsillo siempre había papeles con caras y números que hacían de sus fantasías, una realidad. Siempre ajetreado, siempre con una agenda más compacta que los rascacielos de la ciudad en que vivía, Hong Kong. Manosear seres más vivos que su móvil o su teclado, su pasión. Conocer almas nuevas, derivaba de ella. Trabajar, un alivio. Estafar, una necesidad. Huir, una forma de vida.

Huyendo en Hong Kong, dedicaba sus minutos, pues no concebía las horas como forma de medir el tiempo, a cerrar negocios un tanto turbios a la vista de un ser humano con una moral decente. Una subasta aquí, una mujer allá, una esposa de Vietnam quizás, una antigüedad de la que nadie oyó hablar. No tenía un plan de vida, pues suponía que sus pulmones decoloridos, sus pinchazitos de adrenalina, sus pinchazitos de relax, no le alcanzarían a eso que una esperanza de vida de país desarrollado supondría. Quería vivirlo todo, a cualquier precio. Su formación fue escasa en cuanto a educación se refiere, en cambio, tenía el don de gentes, de gentes desmoralizadas, de gentes acomplejadas, que veían en él su vía de escape a un mundo más afín.

Continuará…

Tengo que escribir un poema

Tengo que escribir un poema

pero sin nombrarte.

Me he dicho:

tengo que escribir un poema,

en el que no estés presente.

Me prometo,

vas a salir de mi mente.

 

Plantéate arder

a -20 grados.

Plantéate gritar

en tu pesadilla.

Plantéate vivir

más de cien años.

Plantéate volar

con tus inútiles brazos.

Historia de Alex

No me gustan los grupos de wechat.

Me gustan aún menos los circulitos rojos que me anuncian las notificaciones nuevas dentro de ellos.

No me gustan los circulitos rojos que me anuncian ningún tipo de notificación, en general.

Cuando amanezco, despierto por el sonido de la alarma en el despertador del teléfono, quizás de ahí parta el origen del problema.

Quizás debería tener un despertador ajeno al teléfono móvil, pues cuando éste suena, al desplazamiento de mi mano hacia él, le sigue un movimiento deslizante en la pantalla, y a su vez, un movimiento punteante al wechat.

La imagen del mundo al fondo, con una persona mirándolo desde tal vez otro planeta, me da la bienvenida a esta app. El momento se hace esperar, como si me recorriera un ansia incontenible por conocer la cantidad de mensajes que encontraré dentro.

Al abrirse wechat, mi pesadilla comienza, una fantasía de puntos rojos bailando como en una obra de Yayoi Kusama. Creo que si cierro los ojos fuertemente y miro a la pared instantes después, puedo seguir viendo los puntos rojos, ahora bailando.

Dudo en abrir los grupos y cerrarlos a la velocidad del rayo, o en abrir los momentos y deslizar la pantalla hacia abajo a la velocidad del relámpago. Los momentos suelen ganar la batalla.

Una vez en el tablón  de momentos, primero me fijo en la foto; si me interesa, leo el texto; si me interesa la persona que lo ha publicado, hasta leo los comentarios. Hoy en día, lo lógico sería prestar más atención a una imagen que a un texto desprovisto de ella, pero la extraña frecuencia con que esto sucede, hace que me fije más en esos pequeños y escuetos textos. Si además, ese texto se reduce a un emoji, esa persona me alegra el día. Si lo publicado es un vídeo, me pienso mucho el abrirlo, y si se trata de una canción, el doble.

He gastado ya 15 minutos desde que me levanté, sigo en la cama tirado y este iring pegado a la parte trasera del móvil ha interrumpido su deseo de que éste se me caiga en la cara varias veces durante el proceso.

Ahora le toca el turno a los grupos, esos de los que quieres formar parte y de los que no. Primero quiero quitarme lo más 麻烦 de encima, esos grupos en los que no sé muy bien por qué estoy, esos en los que hay muchos tipos de personas. Patrones de comportamiento que saltan de un grupo a otro, sin importar la temática o idioma implantado dentro. En realidad si sé por qué estoy dentro de ellos, quizás sea por el salseo que ofrecen, por mi deseo de explorar la vergüenza ajena, por mi curiosidad en entender a personas que discuten sin conocerse sobre temas tan absurdos como el porcentaje de fruta que lleva una marca de mermelada, por tratar de entender por qué nadie contestaría a un comentario que no admite respuesta alguna, por intentar entender qué hace a un comentario digno de un grupo y a otro comentario un completo loser. Me pregunto si la razón de estos grupos es compartir información libremente, entonces por qué hay tanta exclusión temática dentro de ellos. Me pregunto por qué tanto bombardeo  de mensajes resulta agradable siempre a los mismos que contestan cuando no han sido preguntados, generando mayores bombardeos…

Y dejo de preguntarme, pues mi tiempo preguntándome tales cosas excede al de estas personas invirtiendo el suyo propio en lo que a mi me parece innecesario. Y mi tiempo invertido en escribir esto es la gota que colma el vaso de la estupidez.

Después paso a los grupos en los que sí quiero estar, los que me sacan los primeros jajas de la mañana, los que hacen que finalmente saque una pierna de la cama, y dirjia mis manos no a puntear ni a deslizar, sino a preparar el desayuno.

Todo esto se solucionaría con borrarse de los grupos de los que no quieres ser parte, con omitir los momentos de las personas de las que no te interesa saber qué van a cenar hoy, es más, de borrarte de wechat, de no tener un smartphone, de no tener teléfono, de no… de no…

Y tras esta utopía absurda, vuelvo a poner los pies en la tierra, la tierra que me cuenta que escribo para una cuenta de wechat, el mismo wechat con el pago todos mis gastos, todos. El mismo wechat que me busca trabajo, que me encuentra colaboradores, el mismo wechat que me nutre de información interesante, y el que tengo que barrer de sobreinformación a menudo.

Y en ese mundo me encuentro, en el sí pero no, en el abismo del sí pero no, del no me gusta, pero lo necesito, un tanto hipócrita, pues a quién no le gusta un like en sus momentos, un me gusta en su muro, un corazón en su instagram, un retweet, un suscriptor arriba…

No me gustan los grupos de wechat.

Quiero decir, no me gusta mucha gente a la que no conocería o no tendría que hablarle si no existiera la cercanía social que esta plataforma me ofrece.

Quizás lo cambie por un: me gusta elegir.

Copy Paste

¿Qué sería de mi sin el copy paste?

De este trabajo repetitivo…

De mi día a día

 

Copy tú Paste yo

Copy tú Paste poema

Copy ex Paste now

Copy clavo Paste otro clavo

Copy mar Paste pez

Es natural

Quiero escuchar tu spotify

hasta que lo odie.

 

Quiero leer las notas de tu cuaderno

hasta que me duerma.

 

Y tu libro escrito en chino, traducirlo,

hasta que me lo aprenda.